Archivo de Abril 2008|Página de archivo por mes

Llueve

Llueve , y yo desesperadamente, creyendo que el mundo se acaba, me hundo en un sentimiento de infinita melancolía. No puedo más que observar como se inunda la calle que suplica, casi ahogada, que le socorra. No puedo moverme, por más que hago el intento, mis piernas se han entumecido, y mis brazos, no tienen la fuerza suficiente para actuar. ¿Pero, que estoy haciendo? no puedo excusarme de todo y poner pegas a mi vida, debo recopilar pensamientos lejanos y ayudar a esa callejuela, que muere con agonía. Esta sociedad, pienso casualmente, se ha acomodado demasiado en los lujos y ya, como yo, viejo en un cuerpo de joven, no puede hacer fuerzas para nada. MI padre, boxeador desconocido, me decía con ilusión: “tú serás un buen boxeador, porque la fuerza no está en los puños, sino el la entrega que le pongas al combate”. Y, mírame ahora, pegado a una ventana mojada, sin saber mi destino y sintiéndome muerto. ¿Por dónde se han ido mis energías? ya lo sé, lo descubrí hace mucho, se han ido por el mismo sitio de donde vinieron. Debo reconocer que nunca me entusiasmó el deporte, tampoco me dieron ocasión de realizar otro deporte que no fuese el boxeo, y ese deporte es violento, y la violencia no me gusta. Y, en este insatnte añado otra cosa más a mi lista de fracasos. No es otra que la ilusión, pues también se me perdió. Desde que mi mente alcanza, yo era un chico feliz y medianamente ilusionado, pero esta ilusión también se ha ido por donde vino. ¿Qué hago? solo pienso en la tristeza de mi vida, y me ciego de la luz más débil que entre por esta ventana, porque solo veo oscuridad. Ya nada me detiene, ya nada me corrompe, para no continuar con los pocos latidos que emite mi viejo corazón. Mi último deseo es que si me voy de esta ventana para siempre, ir al cielo y decirle a Dios en persona: “no me lleves a un cielo de lujos, ni a uno de felicidad, llévame a lo que fui en vida, a un cielo desconocido. Todos no se merecen el mismo cielo de ángeles y arpas, no todos los que hirieron al mismo diablo ahora están gozando de nada”. Y, Dios me ha contestado: “tú, al cielo de los grandes”.

 

Ruego

Quisiera pedirte, sabio, señor de los cielos y señor de las almas cálidas, otorgame la Divinidad de subir contigo al Mundo de los Mundos, de observar con el gran ojo, oráculo. Siempre, le combendrá saber, señor mío, he sido fiel, pues me entrego cada noche a vuestro servicio. No sé sentir como lo hacéis vos, Señor de los Señores, usted puede hacer lo impensable, lo que nadie pueda imaginar, y nadie lo niega, pero mi petición no es otra que el ruego de compartir unos segundos con mi Señor, y después pregonar por los campos lo que he sentido, la luz cegadora que ha viajado a través de mi mirada. Ya lo habréis notado, pero no descansaré hasta que mi deseo se vea cumplido por vos, como dicta mi filosofía de la vida.

Ahora, señor, que ya terminé con mis ruegos, vengo a implorarle la libertad a las compañeras. Chicas humildes, que, como yo han abandonado todo para entregarse a su Divinadad mas poderosa, necesitamos respirar, pues los Monjes solo nos han enseñado a adorarle. Sé que es un pecado atreverse a imaginar semejante cosa, sé, también, que moriré desgarrada con el Diablo en mis venas porque usted lo dicta, pero creo que merece la pena arriesgarse por mejorar la vida de otras muchas personas. Y yo, quiero que lo sepa Dios de los dioses, no soy cualquier muchacha que se aguantará con lo que digan los hombres, pienso luchar hasta conseguir la libertad y la igualdad para mi pais, aunque sea en el Infierno.

Estoy a pundo de cerrar los ojos para siempre, por casualidades del destino, o porque mi Señor, al que he sido fiel hasta el momento, ha temido que mis ideas fueran revolucionarias para el mundo y quiere mantener en silencio el peligro. Pero no baje nunca la mirada, porque simepre habrá alguna persona que acecha, se lo aseguro.

 

Italia

Simplemente sientate e una escalinata de piedra, generalmente romana. Puedes contemplar la herencia de un imperio enterrado hacía siglos. Piensa, brevemente, como fue el Coliseo, mejor dicho, El Anfiteatro Flavio, quedarás asombrado. Yo le he probado, y mi escalinata estaba fría pero sentí un ardor por mis venas, al ver una estructura de piedra mandada a construir por Vespasiano e inaugurado por Tito. Transcurrieron muchos años hasta que éste construyó junto al Coliseo una estatua de él echa de cobre, bronce y oro.

Ahora, se me viene a la cabeza una palabra plagada de arte renacentista: DAVID. Sabeis bien quien talló esta majestuosa escultura. El mismo que en su día realizó con sus manos La Capilla Sixtina y que dijo, como un genio: “La escultura está dentro, solo hay que quitar lo que sobra”. También lo he probado y vino a mi el síndrome de Stendall al contemplar la perfección del hombre, tallada por un hombre.

Ya termino diciendo que me senté en una asiento mientras un simpático gondolieri remaba mientras cantaba el ” Amore mio”. El viento me susurraba al oído imágenes que luego viví en la Plaza de San Marco. Las callejuelas desprendían un olor a los mercados que en su día pisaron las tres ciudades que viví, a veces con alegría y otras con añorancia a lo pasado.

 

 

Recordando el atardecer

Recordando el atardecer, sentado sobre la hierba mojada, pasan por mi mente momentos tuyos y míos. He cogido una brizna de hierba y eres tú, tú a la que amé con una llama de fuego grabada en el corazón. Desde que te fuiste, mis ojos no han vuelto a ver el mismo atardecer. El sol me suplica que vuelvas, pero yo no puedo hacer nada para que estés de nuevo conmigo, abrazados los dos, inseparables.

Ya no me quedan lágrimas para pedirte una razón, un fallo mío, todas se derramaron hacía tiempo, corrían por mis pómulos con rapidez queriendo caer al abismo de un mundo que nunca entendí. Antes, contigo a mi lado, todo tenía sentido, y aunque yo, sin tí, haya perdido todo el sentido de mi existencia, tú sigues conservando el tuyo intacto, será porque te cuidé bien.

Ya no sé como pedirle a mi mente que se olvide de tí, pero mo puede porque mi mente soy yo, y yo soy tuyo. A veces, cuando levanto la vista tras largas noches de ensimismamiento, me viene a la cabeza una imagen. Y no comprendo como aún dudas, siendo el centro de mi existir, cual era esa hermosa imagen.

Ya te dejo vivir libre, olvidate de mi, no me mereces, no soy nadie para suplicarte que no me dejes morir lejos de ti, pero, por favor, no te olvides de mis besos…

Débil el alba

El día de los desventurados, el día pálido asoma
con un desgarrador olor frío, con sus fuerzas en gris,
sin cascabeles, goteando el alba por todas partes:
es un naufragio en el vacío, con un alrededor de llanto.

Porque se fue de tantos sitios la sombra húmeda, callada,
de tantas cavilaciones en vano, de tantos parajes terrestres
en donde debió ocupar hasta el designio de las raíces,
de tanta forma aguda que se defendía.

Yo lloro en medio de lo invadido, entre lo confuso,
entre el sabor creciente, poniendo el oído
en la pura circulación, en el aumento,
cediendo sin rumbo el paso a lo que arriba,
a lo que surge vestido de cadenas y claveles,
yo sueño, sobrellevando mis vestigios morales.

Nada hay de precipitado ni de alegre, ni de forma orgullosa,
todo aparece haciéndose con evidente pobreza,
la luz de la tierra sale de sus párpados
no como la campanada, sino más bien como las lágrimas:
el tejido del día, su lienzo débil,
sirve para una venda de enfermos, sirve para hacer señas
en una despedida, detrás de la ausencia:
es el color que sólo quiere reemplazar,
cubrir, tragar, vencer, hacer distancias.

Estoy sola entre materias desvencijadas,
la lluvia cae sobre mí, y se me parece,
se me parece con su desvarío, solitaria en el mundo muerto,
rechazada al caer, y sin forma obstinada.