Archivos de la categoría ‘Relatos cortos’

Recordando el atardecer

Recordando el atardecer, sentado sobre la hierba mojada, pasan por mi mente momentos tuyos y míos. He cogido una brizna de hierba y eres tú, tú a la que amé con una llama de fuego grabada en el corazón. Desde que te fuiste, mis ojos no han vuelto a ver el mismo atardecer. El sol me suplica que vuelvas, pero yo no puedo hacer nada para que estés de nuevo conmigo, abrazados los dos, inseparables.

Ya no me quedan lágrimas para pedirte una razón, un fallo mío, todas se derramaron hacía tiempo, corrían por mis pómulos con rapidez queriendo caer al abismo de un mundo que nunca entendí. Antes, contigo a mi lado, todo tenía sentido, y aunque yo, sin tí, haya perdido todo el sentido de mi existencia, tú sigues conservando el tuyo intacto, será porque te cuidé bien.

Ya no sé como pedirle a mi mente que se olvide de tí, pero mo puede porque mi mente soy yo, y yo soy tuyo. A veces, cuando levanto la vista tras largas noches de ensimismamiento, me viene a la cabeza una imagen. Y no comprendo como aún dudas, siendo el centro de mi existir, cual era esa hermosa imagen.

Ya te dejo vivir libre, olvidate de mi, no me mereces, no soy nadie para suplicarte que no me dejes morir lejos de ti, pero, por favor, no te olvides de mis besos…

Me susurró

Caía la noche. Su tersa piel me transmitía calor. Estábamos sentados en aquel tronco olvidado, perdidos en un denso bosque.

De repente, noté como sus labios se iban acercando lentamente hacia los míos. Me susurraba con ternura palabras que yo apenas entendí.

Ya solo recuerdo que nos fundimos en un intenso beso. ¡Hacía cuanto tiempo esperaba ese momento! Sólo me quedaba disfrutar del cariño que tanto necesitaba.

Volvió a susurrarme palabras incomprensibles, y yo me dejaba llevar por sus caricias. Ya no me importaba nada, solo quería sentirme querida.

Ahora, en lunas llenas, como la primera vez, visitamos ese tronque viejo, que a tantos sueños nos transportó.

Carta invisible

Ciudad de Ninguna Parte, Invisible del 0000

Querida Amada:

Cuando recibas esta carta será porqué me habré ido y, es que no puedo esperar más. Me encantaría quedarme otro milenio esperando que te decidas, pero me estoy perdiendo muchas cosas por tu culpa. Nunca pensé que diría esto, porque te amo locamente, pero yo ya estoy decidido a quererte toda mi vida, tú eres la que aún no te has decidido.
No me podrás culpar de que te haya abandonado, porque en tus momentos de agonía, nunca te dí la espalda.
Sé que me quieres, mejor dicho, que me aprecias, pero no es el aprecio que me merezco. El aprecio que me merezco es el aprecio legítimo por tu parte. De ti no te tienes que preocupar, tú ya has ganado el aprecio y el amor legítimo por mi parte.
Para mí, la palabra “ayuda” ya no tiene sentido. Yo ni si quiera la he sentido. Siempre he dado mi ayuda, he prestado mis conocimientos, he exprimido hasta el último de mis órganos para poder estar a tu lado, pero tu no me lo has pagado como debiera ser, con cariño y amistad, sino con indecisión y duda.
Cuando llegues a esta línea, sentirás una ligera extrañeza. Yo nunca he sido impaciente, pues he esperado mucho tiempo, para mí siglos, pero veo que tú no respondes y me he cansado.
He reflexionado, para vivir sufriendo, mejor es desaparecer del Universo.
Estoy escribiendo con una pluma dorada, eso debiera significar una dolorosa despedida, pero no te preocupes, lo hago por amor.

Se despide hasta siempre,

Esa persona

Diario en la mecedora

Llueve. El ambiente es húmedo, aunque aquí, gracias a la chimenea, el ambiente es más bien cálido.
Estoy postrada en la mecedora, frente a la ventana. La manta de algodón me cubre el cuerpo.
Observo como llueve, y se me antoja que las gotas giran sobre si mismas antes de caer. Pero eso es una ilusión mía. Porque, que yo sepa las gotas no giran, simplemente caen.
La calle está desierta. Nadie se atreve a salir de sus casas. Todos los chicos tienen las narices pegadas a las ventanas y contemplan como, gota a gota, la calle se convierte en un pequeño riachuelo.
Inspecciono todo con la mirada por si algo no encaja, pero todo esta bien puesto.
Mi abuelo se mueve en la cama, ahora se muestra inquieto. Corro a ver que le pasa, y, como todas las noches, sus párpados están pegados y su respiración entrecortada.
Mi abuelo es viejo, y en este momento está peleando entre la vida y la muerte, con agonía por sobrevivir. Yo lo vigilo cada noche sentada en la mecedora y escribiendo.
Ayer, se puso a gemir, cual niño pequeño. Lo desperté, pero no tuvo fuerzas para hablar y lo deje dormitando.
Mis músculos se han entumecido de estar aquí sentada mirando la tormenta.
Me levanto y doy un paseo, arrastrando los pies por el suelo de madera.
El abuelo sigue aislado de la realidad.
Cuando era mas joven me llevaba a contemplar los atardeceres tumbados en la rivera del río, hasta que, por una maldita enfermedad, su vida se ha ido apagando lentamente, como una hoguera débil.
No quiero que suceda, pero sé, que algún día ese viejo cascarrabias no estará con nosotros.
He ido a comprobar como estaba el anciano, y noté que su corazón me decía adiós para siempre.
No he podido evitar que las lágrimas recorrieran los pómulos de mi cara.
Han llamado a la puerta, abro.
Son dos señores de negro, seguidos de un equipo médico. Los he llamado para que recogieran al abuelo. Les advertí que lo trataran con delicadeza. Porque, aún muerto, sigue estando en mi corazón.
Ahora escribo mientras contemplo la lápida.
Le he dejado unas flores frescas, que dicen de mi un adiós infinito…